Se abrazaron y en el momento de soltarse, él empezó a decirle
hola al adiós.
Hola
a levantarse y preparar el desayuno para uno, conformarse
con mates de sensación fría.
A vivir sus locuras en soledad
A que el mundo, su mundo sepa de todo lo bueno de ella.
Adiós
A la necesidad de encontrarla
A la necesidad de que se cuenten todo lo bueno y lo malo que
les pasaba, casi como confidentes
Hola
A sonreír cuando la nombran
Adiós
A encontrar su mano cuando la de él busca que la agarren
A pensar con qué podía sacarle una sonrisa.
Hola
A llevarla ahí, si ahí, arriba, del lado izquierdo y dentro suyo.
Adiós
A ser feliz sin saberlo a cada paso, a cada instante
A decirle que es lo que más le cambiaba la vida.
Hola
A no poder decirle que la extraña, que disfrutaba de su
presencia casi como el aire
A escribirle, que es lo mejor que le podía dar en la
distancia
Porque en cada uno de los adioses, él siempre encontraba un
hola para verla
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